• David Meneses

Las ganas que nos ganan


Amigxs de que perra este texto debe leerse en conjunto con “Noche que Ilumina” ya que es su continuación

Los espacios de la disidencia no fueron únicamente bares y cantinas "donde se consumen copas pero no se baila", sino también fueron lugares de "ligue", que fueron los espacios donde, a partir de la apropiación, se construyeron una identidad y una comunidad, que reafirmaba su sexualidad y “sus” necesidades.

El proceso del "ligue" dentro de la comunidad homosexual tenía múltiples espacios donde se manifestaba, los bares y cantinas no eran los únicos espacios donde los deseos carnales podían ser expresados. Como ya hacía referencia Villaurrutia, en su poema Nocturno de los Ángeles, es en la calle, en el espacio público, bajo el escrutinio de las miradas provenientes de la “buena moral” donde "los seres inmersos en el secreto"[1] tienen otro campo de acción.

Desde entonces, el primer cuadro de la Ciudad de México es un sitio ideal para los encuentros, la Plaza Garibaldi, la calle de Madero, San Juan de Letrán son ejemplos de estos lugares de encuentro, lugares callejeros, que según van cambiando las preferencias, pueden conservarse, desplazarse o desaparecer. Así, para los años setenta, la apertura de la Zona Rosa se adjudica estos espacios de ligue homosexual.

Dentro de ésta conformación de nuevos espacios, se encuentran las colonias Cuauhtémoc, Condesa y Roma –tan mencionada en la obra de Luis Zapata El Vampiro de la Colonia Roma:

"La colonia Roma está llena de gente de ambiente yo creo que después de la cuauhtémoc ésta le sigue andas por la calle y a cada ratito te encuentras (...) uno dos tres quince cuates que tú ves que son de onda entons te sientes como en tu propia casa ¿no? Así como una gran fraternidad"[2]

La calle, los bares y cantinas son lugares de encuentro, aunque no necesariamente de expresión carnal, para ello tenemos la presencia de los baños de vapor muy afamados incluso hoy en la comunidad homosexual de la Ciudad de México.

En “los vapores” se rompe todo prejuicio existente y se queda exclusivamente el deseo de los cuerpos desnudos, es aquí donde se puede dar rienda suelta a las pasiones. Es en estos vapores donde Nandino tuvo sus andanzas, cuando buscaba novio, siempre buscando muchachos de clase trabajadora, viriles, de cuerpos marcados por el esfuerzo del trabajo físico.

De esta manera, los espacios de encuentro de los homosexuales son amplios y diversos, evolucionan y se van transformando, respondiendo a las circunstancias. Ejemplo de esto es que, tras el endurecimiento de las políticas establecidas por Uruchurtu, el regente de la Ciudad entre los años de 1952 y 1966, estos espacios se cerraron y “el ambiente” encontró refugio en las fiestas, en lo privado, aumentando la segregación –ya existente– dentro del gueto homosexual.

Ésta etapa de reclusión fue el preámbulo para la aparición de nuevos sitios de esparcimiento, cuando surge el disco-bar en la escena homosexual del país. Éste concepto, heredado de los Estados Unidos, marcó un parteaguas en la vida nocturna y en las formas de sociabilización de los homosexuales. La apertura que vive “el ambiente” durante estas décadas de mitad de siglo debe encuadrarse únicamente en la Ciudad de México, fuera del ambiente de transformación capitalina la realidad para los homosexuales es totalmente diferente: es la muerte en vida, la "cierta tolerancia no existe".

En la provincia reina el catolicismo fundamentalista y el machismo revolucionario, las golpizas hacia los afeminados son concebidas como rituales de sanación para “tan nefasta enfermedad” que puede inundar de inmundicia a la comunidad de buenas costumbres, a “los jotos” se les debe “curar” o exiliar como parte de una cultura de profilaxis social.

Dicha barbarie justificada por el bien de las buenas costumbres y moral nacional hacia los afeminados no ha dejado testimonio, asegura Monsiváis, quizá por que las palabras fueron calladas por la sangre que brotaba de bocas rotas y cuerpos envueltos en la humillación y el dolor, cuerpos que en algunos casos quedaban inertes.

A pesar de dicho silencio Carlos Monsiváis encontró una forma de mostrarnos la mentalidad pueblerina sobre estos temas en la novela La Feria (1963) de Juan José Arreola:

-Pues mire, yo prefiero que sean así como Celso, maricas con ganas y de a de veras, como unos que vi en la frontera con la boca pintada y con ceja sacada, y no como esos que parecen hombres y que andan por allí con la mirada perdida, mordiéndose los labios. No se les nota nada(...)Se hacen señas unos a otros y se reconocen sin hablarse y quedan de verse quién sabe dónde.[3]

Monsiváis explica al respecto sobre dicho párrafo: Arreola capta con agudeza la versión coral del prejuicio. En los pueblos y las pequeñas ciudades sólo se admite la existencia de los gays si recaban el desprecio unánime, y por eso, quien no pregona su condición le niega a la comunidad las oportunidades del repudio.

El mismo Carlos señala dos oasis de provincia para la homosexualidad, al menos de manera parcial, Cuernavaca y Acapulco, ambas ciudades están caracterizadas por el gran número de extranjeros. En Cuernavaca las albercas corren a cargo de europeos o norteamericanos con dinero y, en el caso de Acapulco, el autor lo señala con un "mercado de la carne".

Los encuentros homosexuales no se limitan a los espacios de bares y cantinas, sino también a las fiestas de sociedad, surgidas con la aparición de figuras sociales dentro del gueto quienes las organizaban y a las cuales todos querían asistir, entre estos host de la alcurnia homosexual en México, destacaron Wencho Mont, Morley Webb, Henri de Chatillon, etcétera.

La Alameda Central es un lugar que no se puede obviar. Incluso, hasta hace algunos años, era un sitio de encuentros muy reconocido en “el ambiente” de la Ciudad de México, lugar donde –desde principios del siglo XX– los homosexuales se encontraban, ésta era la apropiación del espacio público en pos de la disidencia sexual, una gran contribución a la resistencia y la visibilización: ¡aquí estamos y no nos vamos!

Relata Monsiváis al respecto de este espacio:

...un escritor costumbrista famoso, sorprende a su hijo, muy amanerado, contoneándose en el vestíbulo de Bellas Artes. Le grita y lo zarandea. El vástago responde: "Compórtate, papá, ¿no ves que te están viendo los padres de otros jotos?"

La gran aglomeración de homosexuales en diversos sitios de la Ciudad de México, Cuernavaca y Acapulco "comienza a permitir soportar los embates sociales de la humillación y deshumanización, se genera la comunidad y nace en toda la expresión de la palabra 'el ambiente'"[4].

La unión creó la resistencia, la esperanza y, así mismo, ayudó a crear la identidad cuyo origen viene de soportar la humillación y de reírse de sí mismo, al odio con humor se le vence, surge pues el llamado "perreo o bufe" que no hubiera sido posible sin la “llamada” primera generación de homosexuales, que se construyó en torno a la figura de Los Contemporáneos, ellos fueron el pilar que permitió la segunda generación.

[1] Villaurrutia, Xavier. "Nocturno de los Ángeles"

[2] Zapata, Luis. El Vampiro de la Colonia Roma. México. Debolsillo.2012. P.52

[3] Citado en: Ibídem P. 121.

[4] El ambiente es una expresión proveniente del llamado slang norteamericano, derivado del constante estado de euforia en el cual se encuentran siempre los homosexuales, dicha palabra se generaliza con la creación de la comunidad, lo cual significa el hecho de estar siempre en los lugares y reuniones, compartir amistad y gustos.

#ligue #colroma #garibaldi

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