• David Meneses

Lo rosa de la Revolución


Con la primera aparición de la homosexualidad en el vox populi nacional con el escándalo de los “41 maricones” parecería que la homosexualidad pasó a segundo plano ante el advenimiento de la Revolución Mexicana; sin embargo, el proceso revolucionario marcó un parteaguas y redefinió la identidad nacional, que años más tarde, contribuiría al afianzamiento de la denominada homofobia nacional.

Además de influir decisivamente en la consolidación de una identidad nacional centrada en el machismo, el proceso de lucha armada abrió un nuevo espacio de expresión para algunos sectores de la comunidad homosexual. El ejemplo típico son “las adelitas”, mujeres que en muchos casos se masculinizaban para la vida en combate. ¿Cómo podían ser cuestionadas por participar en una revolución de hombres? La misma sociedad que condenó a los “degenerados” participantes en “el baile de los 41”, fue la misma que aplaudió a estas mujeres que rompieron el canon de género, pues la figura de esta mujer, en el ideario popular, ¡se impone y se respeta!

Sin embargo, “las soldaderas” no son la única aportación o participación de lo homosexual en la Revolución (y vale la pena tener presente que no todas “las adelitas” pertenecían a la ahora llamada diversidad sexual). La participación de varones homosexuales, aunque negada o encubierta, se hizo presente; ¿podemos olvidarnos de Manuel Palafox, secretario de Emiliano Zapata, a quien el caudillo sureño intentó fusilar tras saber lo de su homosexualidad?.

Si tomamos en cuenta estas breves menciones, mas no por ello carentes de importancia, no se puede poner en duda la participación de los homosexuales en la lucha armada mexicana más importante del siglo XX. Lamentablemente, a la larga, dicha incursión no jugó a su favor ni contribuyó a su reconocimiento.

Como lo mencionamos en artículos anteriores, la construcción del machismo como una parte de nuestra identidad nacional es resultado directo de la Revolución, la cual permea todos los ámbitos de la nueva sociedad, “el hombre rudo y fuerte, arquetipo del movimiento armado que costó innumerables vidas, pasó a formar parte de nuestra idiosincrasia”[1], a partir de ahora el machos es la barbarie inevitable porque para eso es hombre.

La Revolución permitió la manifestación de nuevos aspectos culturales rompiendo los viejos cánones del porfiriato, sin embargo también resulto en una exclusión de todo tipo de expresiones de género disidentes a lo establecido por “los valores revolucionarios”.

[1] Meneses, David. “¡Lo que se ve, no se pregunta!” disponible en: https://www.qperra.com/single-post/2017/09/02/%25C2%25A1Lo-que-se-ve-no-se-pregunta

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