• Juan Manuel Borbolla

¡No quiero estar en el perverso armario del VIH!


El miedo, la duda, el pánico, la rabia, la culpabilidad y la tristeza, fueron algunos de los sentimientos que me invadieron al recibir mi diagnóstico VIH+. A mis 22 años perdí el control de mi vida, la posibilidad de llevar a cabo mis proyectos profesionales y de hacer realidad mis sueños por la constante amenaza del virus.

Siempre pensé que no habría un dolor más grande en mi vida que ese momento en el que me despedí para siempre de mi padre o deje de vivir con miedo en un clóset. Es difícil describir el doloroso sentimiento que supone decir adiós a alguien que desde siempre había formado parte de mi vida o poner en evidencia mis preferencias sexuales. Pero después, lidiar con la trágica experiencia de vivir con una enfermedad que iba consumiendo poco a poco mi vida, mi esencia... mi realidad.

Hace 6 años recibí la noticia que nadie espera, tome una hoja color blanco con toques de tinta, en la cual estaban impresos los resultados ambiguos entre números, mi nombre y un enunciando insoportablemente desgarrador que decía: eres VIH+.

Resulta casi imposible narrar el cúmulo de sensaciones que experimenté ese día. Entré en terror, pánico, tristeza, miedo, culpabilidad… era inevitable atormentarme con la idea de que mi vida ahora tendría un fin cercano, y que nadie podría hacer algo para evitarlo. El impacto que sufrí al recibir la noticia supuso un cambio por completo al sentido de todo aquello que me rodeaba. Mi escala de prioridades dio un vuelco radical. Lo que hasta ahora había considerado importante, quedaba relegado a un lugar más que secundario.

Los días siguientes al recibir el diagnóstico me obsesioné con buscar información en Internet; tenía una necesidad infinita por saber. Pensaba que, en cierto modo, estar informado de la realidad actual del VIH aliviaría mi estado de ansiedad total. Entre a lidiar con un arma de doble filo, encontré información de dudosa fiabilidad, casos extremos de personas con SIDA/VIH e información muy desfasada; que sólo sirvieron para acrecentar mi alarma y potenciar mis miedos.

Poco a poco comencé a familiarizarme con términos hasta ahora desconocidos para mí: carga viral, adherencia, TARGA, infecciones oportunistas, etcétera. Me sentí un experto al usar una jerga que nunca pensé que fuese a formar parte de mi vida. En cierto modo, conocer todos aquellos conceptos me sirvió para ganar algo de seguridad, o al menos, era el principio que necesitaba para seguir adelante e intentar mantenerme fuerte.

No fue hasta mi primera visita al doctor cuando conseguí relajarme. Una pequeña luz de esperanza se abrió ante mis ojos, que tantas lágrimas habían derramado los días anteriores. Su excelente trato profesional y su manera de mostrarme de una forma tan natural lo que me estaba ocurriendo, consiguió tranquilizarme. Su clara explicación sobre como el VIH actúa sobre el sistema inmunológico y los múltiples tratamientos disponibles (que en la actualidad se ofrecen a los pacientes), me ofrecieron la primera dosis de optimismo que tan urgentemente necesitaba para hacer frente a mi nueva realidad.

A las semanas siguientes y tras los primeros análisis de sangre, los datos de mi carga viral y mi recuento de cédulas CD4 evidenciaban que pronto necesitaría iniciar el tratamiento. Decidí comenzarlo cuanto antes, por supuesto, siguiendo las indicaciones de mi médico. Me armé de fuerza y valor para enfrentarme a ese siguiente paso, con todo lo que ello suponía: desde ahora tomaría como mínimo una pastilla diaria por un tiempo indefinido, y posiblemente padecería alguno de los efectos secundarios de los fármacos.

Afortunadamente; salvo los primeros días en los que experimenté una sensación de mareo, algo de náuseas y algunos sarpullidos, me “adherí” al tratamiento perfectamente. Mi principal temor era olvidar la toma diaria de mis 12 pastillas. Sin embargo, recordarlo a diario sin llegar a obsesionarme por ello, no fue una tarea difícil, y poco a poco comenzó a convertirse en un hábito rutinario, monótono y mecánico de mi día a día.

Con el paso del tiempo sentí como la situación se normalizaba poco a poco. Comencé a sentirme anímicamente bien, y a cuidarme a mí mismo más que nunca. Me fue de gran ayuda seguir mi vida como antes, sin diferencias, más que tomar a diario los medicamentos y acudir a las consultas habituales.

Inconscientemente comencé un proceso de aceptación, y un día decidí dejar de declararme culpable por un delito que no había cometido. Empecé a entender que no tenía sentido negarme a los placeres con los que antes disfrutaba. Decidí que seguiría disfrutando de ello, con la responsabilidad que eso supone ser una persona seropositivo.

Aunque suene duro, sé que si dijese que tuviese cáncer recibiría el apoyo y la compresión de todo el mundo, pero aún hoy en día decir abiertamente “soy seropositivo” me podría generar más inconvenientes que ventajas. Aunque afortunadamente la medicina ha avanzado a pasos agigantados en el tratamiento de esta enfermedad, el estigma y los prejuicios sociales generados en torno al VIH/SIDA siguen siendo una realidad, que hoy por hoy se presenta muy compleja de cambiar.

Hoy puedo decir con voz firme y con mi cabeza en alto que me considero una persona feliz a pesar de ser seropositivo. Valoro cada día de mi vida e intento aprovecharlo al máximo. Me cuido, me respeto y me quiero más que nunca. Como lo hacía antes, intento hacer felices a los que me rodean. Aunque he llorado mucho, y posiblemente lo siga haciendo alguna que otra vez, no he dejado de sonreír. Sé que tengo mucha vida por delante, un largo camino por recorrer, y no voy a perder mi presente pensando en si tuve mala suerte o en que soy una víctima por tener que vivir con ello. De alguna forma he aprendido a no preocuparme por aquello que no ha ocurrido, y que ni siquiera sé si ocurrirá. “No es el partido, sino como lo juegas.”

Desde mi experiencia, la solución hoy en día se basa en aprender a aceptarlo; asumir que, hasta que la medicina no nos sorprenda con la gran noticia, viviré el resto de mi vida con un compañero que habita dentro de mí, vino sin pedir permiso, sin ser invitado, y mucho menos deseado.

#juanmanuelBorbolla #vih #positivo #22años

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