• David Meneses

El Cáncer Rosa


Buscaba manchas rosas en brazos, piernas y cadera. A tal grado me alteraba de los nervios, que veía surgir marcas en mi piel como si fuera sarcoma de Kaposi. Vivía obsesionado

Braulio Peralta (2006)

El fallo positivo anunció que el virus que navega en el amor avanza soltando velas aplastando las defensas por tus venas

“Fallo Positivo”, Mecano

La aparición del VIH/SIDA, retrasó más de 15 años la lucha por los derechos de la diversidad sexual[1], dejando tras de sí un gran número de muertes y que, aún hoy en día, genera segregación y estigmatización. Esta enfermedad —como si se tratara de las plagas que Moisés liberó sobre Egipto—, azotó y castigó a una población en específico, y no porque fuera exclusiva de las minorías sexuales, sino porque fue a ellas a quienes se culpó de la misma —incluso ahora, muchos las siguen culpando—. Así fue cómo, en el imaginario social, se creó la nueva "enfermedad de la homosexualidad".

Para 1978, parecía que el movimiento lésbico-gay había triunfado en el proceso de reivindicación y que, de alguna manera, todo aquello que asociaba a la homosexualidad con la enfermedad y sus metáforas estaba quedando en el olvido; parecía que el come out masivo llevado a cabo el dos de octubre de aquel año, abría la puerta para que la lucha por los derechos sexuales fuera más allá; se pensaba que pronto se alcanzarían nuevas victorias y la lucha, por fin, podría enfocarse en el reconocimiento político y social. ¡Nada estaba más lejos de la realidad!

La primera etapa de la lucha concluyó, de hecho, de manera abrupta; se vio paralizada y —de alguna manera— dejada en el olvido. ¿Para qué se querían derechos si no se estaba vivo para disfrutarlos? Después de alcanzada la visibilización, el arcoíris pintaba más colorido que nunca y anunciaba un futuro prometedor. Desafortunadamente, para 1981 todo aquello se vino abajo: apareció el VIH/SIDA[2], y con él, lo homosexual volvió a ser sinónimo de enfermedad.

La década de los ochentas significó más que la aparición de una nueva epidemia: el VIH/SIDA influyó en cómo las personas se relacionaron a partir de entonces, por lo que surgieron nuevos estigmas que segregaron más a los ya segregados. El VIH/SIDA segregaba y reforzaba la otredad: "el otro", el “enfermo” aquel que tenía que ser aislado (incluso combatido). El VIH/SIDA iba más allá de la victimización, al exterminar y destruir no sólo vidas sino humanidades: el portador del mal tenía que ser excluido para no infectar a "los otros, nos(otros) los/ustedes sanos".

A pesar de ello, la creación de una nueva otredad no fue la principal arma que blandió la “nueva enfermedad”; se vistió con todo aquello que como humanidad hemos temido y fomentado. Para dejarlo claro: las décadas de los sesentas y setentas fomentaron la lucha por los derechos sexuales, por la libertad de amar libremente… Pero de pronto, toda aquella creación cultural explotó de manera incontenible durante los ochentas, permitiendo que la irrupción del VIH en la sociedad atentara contra la recién creada cultura de la revolución, demoliendo, en poco tiempo, lo que tanto costó construir.

De la misma manera, el VIH/SIDA se valió del estandarte capitalista de la libertad de ser "uno mismo" (impulsado por Occidente, principalmente en los Estados Unidos), el cual invita a una nueva cultura del tener, de la libertad de ser y hacer, de vivir al límite de la expresión. La nueva enfermedad aprovechó las luchas del pasado para convertirlas en su instrumento de propagación. Es así como la sociedad retomó los prejuicios y los reelaboró para darles nueva fuerza y crear, ¡una vez más!, al (la) homosexual como un sinónimo de la enfermedad, creando así la idea de el "cáncer rosa".


No se pudo haber encontrado mejor chivo expiatorio que aquellos marcados por lo "pecaminoso de sus actos". Los homosexuales fueron la presa perfecta del mal que se transmite mediante los fluidos sexuales: tal y como la sífilis en el pasado, ahora el VIH/SIDA infectaba no sólo con un virus, sino también con la vergüenza. La enfermedad derivó en una regresión al closet; estar infectado era/es sufrir los señalamientos, era/es merecer el castigo impuesto al "pecado nefando", era/es ser segregado de la sociedad: esta enfermedad deshumaniza, y como en una película de ciencia ficción, crea un sujeto “xenomorfo”[3].

Con este embate, la primera etapa del movimiento lésbico-gay pereció: “¡Dejemos a un lado los derechos, hay que conservar la vida!”, parecía escucharse gritar a los activistas homosexuales. Los esfuerzos, en ese momento, se centraron en la exigencia de atención médica y un trato humano a los enfermos.

Las consecuencias más abrumadoras traídas por la “nueva enfermedad” —que no fue clasificada sino hasta 1983 por un grupo de virólogos franceses— fueron el miedo y la deshumanización, la angustia ante la posibilidad de vivir y morir como un animal, como un fenómeno:

—¡Ábreme la puerta!... ¿Me oyes?... No podemos seguir así. ¡Ábreme la puerta o la voy a tirar, carajo!

La desesperación era profunda. Se había encerrado en el baño desde la mañana de ese día. (...) Tuve que romper la puerta y el panorama fue desolador; sentado en la taza del baño, con los pantalones y el calzón en el suelo; las manos sobre las sienes y los ojos sin mirar a ninguna parte.

En una de sus manos tenía una navaja de rasurar (...) —¿Qué pasa?... —susurré— ¿Qué te pasa? —exclamé con temor.

—Ayúdame a morir, ya no quiero vivir así... ya no quiero vivir —murmuró apenas sin soltar siquiera una lágrima, muy consciente de lo que decía. (Peralta, 2006, p. 22-23)


Las múltiples experiencias de desolación ante la “nueva enfermedad” resultaron desalentadoras. Es imposible no temblar ante el dolor, las lágrimas y la impotencia ante todo lo que representó —y representa— padecer la enfermedad que los gays “merecen por desafiar a Dios y a la naturaleza con sus lujurias y pecados”.

El movimiento murió en su primera etapa, pero renació de otra manera: se solidarizó ante la falta de respuesta de gobiernos e instituciones, ante los ataques de iglesias y grupos conservadores, que veían esta epidemia como algo “bien merecido”.

En México, los primeros casos de SIDA se dieron en 1983, momento culminante para la muerte de la primera etapa del movimiento: los hombres canalizaron su lucha y atención en cuidar de los enfermos, mientras que las mujeres homosexuales crearon su propio movimiento, de alguna forma, deslindándose de la "enfermedad gay".

Las personas que otrora conformaran el movimiento fragmentado (casi muerto) en aquel momento, planificaron eventos para recaudar fondos que ayudaron a los enfermos, exigieron un trato digno para los enfermos en los hospitales y que el gobierno respetara sus garantías individuales. Era un época donde no se podía hablar (aún) de derechos, y sin embargo, se buscaba facilitar una muerte digna. Estábamos a años del AZT, el primer antirretroviral.


El VIH/SIDA ha causado innumerables muertes y pérdidas, no sólo de vidas, sino también de derechos, luchas y expresiones. Tal pareciera que se empeñó en cerrar, una vez más, la puerta, esa puerta que debería permanecer siempre abierta.

Pero a pesar de todo lo anterior, el movimiento homosexual no ha muerto. Continúa vivo y luchando por los derechos de aquellos que no tienen derechos, de aquellos que son segregados y asesinados por el odio. El VIH/SIDA sólo vino a demostrar que la fuerza de la unidad es mayor que la fuerza de cualquier adversidad. La reivindicación aún está en vía de llegar para todos.

Hoy en día ya no se lucha por alejar a lo homosexual de la enfermedad mental, sino para hacerla fuerte ante el prejuicio, el estigma, el odio y su máxima expresión, la violencia. Esta lucha que emprendió —a su manera— Salvador Novo y heredó Nancy Cárdenas, junto a una segunda generación de homosexuales sumamente activos, continúa con las nuevas generaciones, a quienes nada, incluso la "enfermedad", podrá detener.

Referencias

Peralta, Braulio. (2006). Los nombres del arcoíris. Trazos para descubrir el movimiento homosexual. México: Nueva Imagen-CONACULTA/INBA.

Sontag, Susan. (2016). La enfermedad y sus metáfora. El sida y sus metáforas. México: Titivillus.

[1] Autores como Peralta (2006) afirman que acabó con toda una generación de homosexuales.

[2] Se debe considerar que el primer caso registrado de VIH/SIDA en el mundo tuvo lugar en 1977, en Copenhague, Dinamarca, donde una mujer murió de una extraña enfermedad que debilitó a tal grado su sistema inmunológico, que una infección oportunista acabo con su vida; sin embargo, el conocimiento global del VIH/SIDA vendría muchos años después, en especial, al atacar a la población homosexual a principios de la década de los ochentas.

[3] La palabra “xenomorfo” hace referencia a un ente humanoide, mortífero; se trata de una referencia a lo que era convertido el portador del VIH, quien perdía su humanidad y, cual personaje de ciencia ficción, resurgía como un ente temible, un ente que debía ser aislado y exiliado.


#elcancerrosa #vih

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