• David Meneses

El "Come Out" en Violación (La Historia de los 41 Maricones)


"Los 41 maricones encontrados en un baile de la calle de la Paz el 20 de noviembre de 1901." Conformada de un anverso y un reverso, presenta sendos grabados de José Guadalupe Posada

El sábado 24 de junio celebramos/conmemoramos (como usted guste) la edición número XXXIX de la Marcha del Orgullo LGBTTTIQ de la Ciudad de México. Este sábado las calles se tornarán multicolor y el ambiente festivo se prolongará hasta el amanecer del domingo; todo en medio de risas, alcohol, consignas, sexo, cuerpos, amor y odio.

El sábado saldremos a las calles, las llenaremos de arcoíris –en forma de banderas–, crearemos un ambiente festivo, para aprovechar la libertad que nos permiten "aquellos" a nosotros, "los otros" -nos guste o no, así es-, clamaremos por el derecho de todas las familias, denunciaremos los crímenes de odio, exigiremos nuestra libertad: Una vez más, ¡demostraremos la fuerza rosa!

Salgamos, bebamos, besemos y amemos… pero, también, tengamos conciencia de los acontecimientos que nos han permitido estar ahí, demostrando nuestro amor. No ha sido fácil ganar nuestro derecho a la manifestación pública. Ése camino -el de la visibilización- ha costado innumerables lágrimas, dolores, humillaciones e, incluso, sangre. En este texto queremos recordar el inicio de la visibilización, una visibilización forzada, casi violatoria.

La aparición pública de la homosexualidad en nuestro país se dió en la primera década del siglo XX, con el famoso escándalo de los 41. Escándalo que veremos a continuación y que consideramos fue una salida del closet violenta –a través de la violación– y que, sin embargo, fue el inicio del proceso de visibilización de la homosexualidad…¿una violación necesaria?

La redada de los 41 “maricones”, se da en la Ciudad de México el 20 de noviembre de 1901, fecha que –¿por coincidencia?– es homónima del inicio de la Revolución Mexicana. En este otro 20 de noviembre también comenzó una revolución.

!El Escándalo!

El día 20 de noviembre de 1901 la gendarmería capitalina fue notificada de una "reunión" celebrada en la calle 4ta de la Paz, donde asistieron hombres de diferentes profesiones y condiciones socio-económicas para llevar a cabo un baile que se distinguió por ¡la ausencia de mujeres! aunque, hay que destacarlo, sí hubo presencia fémina: algunos de los hombres allí concurridos se vistieron de mujeres. Por si esta muestra de inmoralidad no fuera poca, los hombres compartieron –en actitud romántica– con estas "mujeres" su sano esparcimiento.

El "baile de los 41", así titulado por la prensa, –que en realidad fueron 42– contaba entre sus filas a conocidos "pollos y lagartijos"1, así como afeminados célebres de las zonas de “depravación” de la Ciudad de México, la aparición de una “invasión gay" a los espacios públicos de una ciudad con alta "moral".

Como consecuencia a esta violación de los roles de género impuesta por Dios y la naturaleza misma, muchos de estos hombres, al menos aquellos que no poseían la posición política ni un buen nombre, fueron humillados públicamente.

Obligados a barrer las calles, con atuendos femeninos para que el "populacho" hiciera su comidilla con ellos, una vez terminada la socavación pública –al más puro estilo del cadalso inquisitorial, donde el San Benito fue sustituido en esta ocasión por las prendas de mujer– su destino fue los batallones militares de la Península de Yucatán para servir en la guerra contra los Mayas.

Sin juicio u oportunidad de justicia, la sentencia ya estaba impuesta a aquellos que no tenían por nombre Don Ignacio de la Torre. Nunca más se volvió a saber de aquellos desgraciados, destinados a pelear contra los mayas. Así fue cómo aconteció el “escándalo de los 41”.

Este escándalo aparece no por la arbitrariedad o alta severidad del castigo impuesta a los hombres que, al vestirse de mujeres en el ámbito de lo privado y desarrollar sus naturales deseos al cobijo de la casa de la colonia Tabacalera, no violaron ley alguna. El escándalo verdadero fue ¿por qué no se les infringió un castigo más severo?, ¿por qué se contaminó a los bravíos hombres de las fuerzas armadas con la inclusión de estos degenerados "maricones"?

Dicha indignación por la falta de mayor severidad que expresa la sociedad en conjunto se da, más que nada, por el atrevimiento de llevar este baile al escenario de lo público. Fuese o no por elección personal, éste es el lugar en el cual se puede cometer el delito de "quebrantar las buenas costumbres".

La exposición del escándalo fue perpetrada en la prensa. El Universal en papel de juez, en su editorial del 23 de noviembre de 1901, sentenció:

"Apenas hay quien encuentre duro el castigo impuesto a los canallas sorprendidos por la policía. Podrá ser ilegal, pero una ilegalidad ha sido expresamente aprobada por la sociedad, que aun encuentra suave la pena en relación con el delito que la origina".

El delito no es el castigo ilegal –pareciera que los "afeminados" por el sólo hecho de serlo ya están cometiendo un delito: el mayor delito fue no castigarlos más severamente.

El Hijo de El Ahuizote expresa en su edición del 22 de noviembre:

"Y en efecto la depravación de los "cuarenta y uno" no está calificada de delito en el Código: la falta a la moral que cometieron no fue pública y no hubiera llegado a las proporciones del escándalo sin la intervención de la policía que reveló haciéndola notoria".

De esta manera, el delito –el verdadero delito– fue haber salido a luz pública, haber lacerado a la sociedad con la noticia de sus prácticas: ése fue el crimen que debió ser castigado. Se debe resaltar que el delito no es el "pecado nefando", sino el quebranto de la moral y las buenas costumbres públicas lo que era necesario sentenciar.

El alcance del “baile de los 41” no fue únicamente para la historia de la comunidad LGBTTTIQ, sino se convirtió en un hito de la cultura popular mexicana. Todo ello, gracias a la homofobia que este acontecimiento desnudó.

A partir del baile, el número 41 se convirtió en una "maldición": para los hombres, es la edad en la que el varón se puede “invertir”, perder su hombría y volverse “joto”.

Como último dato, el baile de los 41 es la única evidencia de la homosexualidad durante el porfiriato: de todo lo demás poco o nada se sabe, todo transcurrió en "lo oscurito" –el travestismo, los encuentros sexuales, las fiestas y los bailes– y nunca salieron a la luz pública. Es por esto que el come out de los 41 es trascendental, no sólo para la historia de la diversidad sexual en México o para la historia de la "joteria", sino para la historia de México en general.

"El escándalo en torno al baile de los 41 "rompe el silencio absoluto" prevaleciente en la vida pública nacional sobre una conducta e identidad masculina hasta entonces soslayada, no identificada ni descrita ni nombrada"2.

Es así que, el próximo sábado, cuando salgas a la calle, cuando entre risas, diversión y besos expreses públicamente tu derecho al amor, no olvides a los "41" y el camino que abrieron con su violento "come out".

Notas

1. Se les denominaba de esta manera a los representantes del dandismo en México, sujetos de modales refinados y aspecto elegante. Dicha vestimenta y modo de actuar era moda entre determinados jóvenes de clase media. Monsiváis señala que la adopción de dicha moda permitió a algunos homosexuales mexicanos cierta libertad de expresión y el desenvolvimiento en espacios públicos

2. Monsiváis, Carlos. Que se abra esa puerta. Crónicas y ensayos sobre la diversidad sexual. Paidós-Debate Feminista. México. 2010. Pp. 21-22.


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