• David Meneses

La Locura del Arcoíris


Existe una relación entre la locura y la homosexualidad, la cual es el resultado de procesos históricos y culturales que se han presentado a lo largo del intrincado camino que ha tenido que recorrer la homosexualidad. Es decir:

  • La locura es un fenómeno que siempre ha estado presente en nuestra historia como sociedad, sin embargo esta es interpretada de formas diferentes de acuerdo a la época.

  • Al igual que la locura, la homosexualidad ha atravesado diferentes hitos culturales los cuales la han definido y dado una interpretación.

De acuerdo a lo anterior entendemos que en los últimos años del siglo XIX, cuando las intuiciones médicas habían cobrado valor como instrumentos del Estado, surgió el denominado binomio saber-poder planteado por el filósofo Michelle Foucault, dentro del cual el conocimiento es un instrumento que reprime a las sociedades ejerciendo un control sobre nuestros cuerpos. De esta manera la homosexualidad, al no encajar dentro de la estructura dominante, debe ser sometida, castigada, encerrada. Todo ello “no debe entenderse como si se tratase de un proceso natural, sino como una construcción cultural, la cual cobra valor en las prácticas administrativas y psiquiátricas” (Foucault, p. 14-15 1961, citado por Porter 2003).

Es entonces que podemos inferir que la homosexualidad:

Dentro de las construcciones sociales de la locura encontramos, en época reciente, la homosexualidad. No obstante, dicha práctica ha sido común a lo largo de la historia humana. Puesto que el peregrinaje ha sido largo, la homosexualidad ha atravesado diferentes hitos culturales, los cuales la definieron y le dieron forma hasta la actualidad. Las maneras de interpretarla, según Rubén Ardila (1998), son cuatro:

  1. Aceptación de la homosexualidad como una conducta normal.

  2. La homosexualidad como delito.

  3. La homosexualidad como una enfermedad mental.

  4. La homosexualidad como una forma o estilo de vida.

Antes de continuar es importante aclarar que la intención de nuestro articulo es dar una rápida mirada a la concepción de la homosexualidad como una enfermedad mental dentro de nuestro país dentro de los años de 1950 y 1978, así mismo estamos consientes de lo complejo que resulta este tema aún en nuestros días ante las distintas miradas que son actores en las sociedades contemporáneas – las cuales incluyen a los activistas en pro de los derechos LGBTTI+, las organizaciones de ultra derecha que aun pugnan por la enfermedad en la homosexualidad, etc. – y es por esta situación que pretendemos realizar una crítica a la concepción de la enfermedad mental en la homosexualidad. De igual manera este artículo está pensado para ser concebido en dos entregas.

Antecedentes

Como lo mencionamos anteriormente existen estadios dentro del desarrollo de la homosexualidad en la historia, aquí daremos una rápida mira que nos permita entender la llegada de la homosexualidad a ser una enfermedad mental.

La práctica homosexual tiene cabida en culturas tan antiguas como la sumeria y la china; sin embargo, es en la griega donde mayor cantidad de registros tenemos. La labor de la poetisa Safo, en la isla de Lesbos, durante los siglos VII y VI a. C., es nuestro primer indicio de homosexualidad femenina. En cuanto a la práctica masculina, la primera descripción la registra el poeta Anacretón de Teos, durante el siglo VI a.C.

Una mujer espiando a una pareja de amantes. China, Dynastía Qing.

En la Grecia clásica la homosexualidad era abiertamente practicada y considerada como una muestra de amor puro e intelectual, el amor que sólo un consorte del mismo sexo podría proporcionar. Se entiende con esto que las grandes mentes y figuras helénicas fueron abiertamente homosexuales.

Ya en los tiempos romanos, este tipo de prácticas sexuales eran una concreción más de la sexualidad de los hombres; sin embargo, ideológicamente, eran expresadas de forma diferente a la de la cultura helena. Autores como West “afirman que dentro de la civilización romana la homosexualidad era concebida como un vicio lujurioso” (West, 1955, p. 6 citado por Ibarra y González 2009).

El emperador Justiniano la proscribió, considerándola la causante de los males de Roma, de pestes y hambrunas; empero, a pesar de la prohibición institucional, la clase dominante continúo con su práctica.

Podemos concluir esta pequeña revisión de las dos civilizaciones consideradas como la cuna de la cultura occidental, observando una relativa aceptación de la homosexualidad, no sólo como práctica sexual, sino en el caso griego, como la expresión de amor entre dos seres humanos.

Un hombre con barba haciendo el amor con un joven imberbe, lado «A» de la llamada «Copa de Warren». Artesanía romana.

La homosexualidad como delito

Con la llegada de la tradición judeocristiana, la homosexualidad fue proscrita, transformándose en una de las peores aberraciones y perversiones llevadas a cabo por los seres humanos. Un ejemplo de ello lo encontramos en el Antiguo Testamento, en el Libro de Levíticos: 18:22“No te acostarás con varón como con mujer; es abominación” y 20:13 “Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos.” De igual forma, en el libro Deuteronomio se nos dice en el 23:17 “No haya ramera de entre las hijas de Israel, ni haya sodomita de entre los hijos de Israel.”

Como último ejemplo de esta criminalización —rastreable desde la tradición judeocristiana temprana hasta las sociedades católico-cristianas occidentales—, encontramos, en el Nuevo Testamento, el libro de Corintios 6:9 “¿Ignoran que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No se hagan ilusiones: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los pervertidos.” y 6:10 “ni los ladrones, ni los avaros, ni los bebedores, ni los difamadores, ni los usurpadores heredarán el Reino de Dios.”

Observamos así que la práctica homosexual está claramente penada en la Biblia. Al respecto, señala Rubén Ardila: "Esta tradición se trasplantó y perduró, ante todo en Inglaterra, Alemania y Francia durante muchos siglos. Los homosexuales se han considerado un peligro para la sociedad, para las buenas costumbres y para la preservación de los valores familiares" (Ardila, 1998, p.15). Ante semejantes argumentos, la práctica homosexual no podía sino ser prohibida y castigada por la ley, con penas que van desde cárcel hasta pena de muerte.

De esta manera, no resulta exagerado afirmar que, en la historia de la humanidad, la homosexualidad ha sido el “pecado contra natura” por excelencia; además, la resistencia generalizada a hablar de ello públicamente ha permitido, de acuerdo con Foucault (2013), un doble funcionamiento:

(…) por una parte, una extrema severidad (condena a la hoguera aplicada aun en el s. XVIII, sin que ninguna protesta importante fuera expresada antes de la mitad del siglo), y, por otra parte, una tolerancia muy amplia (que se deduce indirectamente de la rareza de las condenas judiciales, y que se advierte más directamente a través de ciertos testimonios sobre las sociedades masculinas que podía existir en los ejércitos o en las cortes (p. 95-96).

Intolerancia Homosexual. Arte por Gilbert Flores

Con lo anterior podemos constatar que, gracias a la influencia judeocristiana sobre las culturas occidentales, la homosexualidad ha sido penalizada de manera global y expresada de formas distintas, pero siempre bajo la idea unificadora de la homosexualidad como un peligro.

Nuestro país no se encuentra ajeno a la consideración pública mundial de la homosexualidad como delito, o al menos como una conducta ante la cual conviene tener precaución; un claro ejemplo es lo expresado en el artículo 53 del Código Penal del Estado de Veracruz de 1931, donde se expresa:

El estado especial de predisposición en una persona, del cual resulte la posibilidad de delinquir, constituye peligro socialmente.

Se considera en estado peligroso: I. Los reincidentes y los habituales. II. Los alcohólicos, los toxicómanos, los fanáticos, los invertidos y demás defectuosos mentales. (Monsiváis, 2010, p.115)

Una muestra conocida de castigo a la conducta homosexual, y que incluso trascendió como un acontecimiento cultural en la sociedad mexicana, es el famoso caso de los 41 “maricones”. El suceso, ocurrido a finales de 1901, en el cual la policía irrumpió dentro de un baile que se celebraba en una casa ubicada en la colonia tabacalera de la Ciudad de México, donde departían hombres y “mujeres”[1] en actitud romántica, puede considerarse como “el inicio del terror”; es decir, del terrorífico, arbitrario e inhumano trato que se concedió a la comunidad homosexual por parte de la justicia mexicana —tanto institucional como social— durante casi todo el siglo XX.

Ver también "El Baile de los 41 Maricones"

Como puede verse, la “presentación en sociedad” de la comunidad gay en México derivó en una experiencia traumática, pues el escrutinio público los recibió con espanto y los castigó con escarnio; con esto, no pretendo decir que no se conociera la existencia de gays y lesbianas, sino más bien, que el acontecimiento marcó la salida del closet, el "come out" de los gays en nuestro país.

Así, el Editorial de El Universal, al expresarse sobre el hecho, titula: “Una asquerosa llaga”, y versa:

Apenas hay quién encuentre duro el castigo impuesto a los canallas sorprendidos por la policía. Podrá ser ilegal, pero esa ilegalidad ha sido expresamente aprobada por la sociedad, que aún encuentra suave la pena en relación con el delito que la origina. (Monsiváis, 2010, p.19)

Es decir, legalmente no está establecida una pena para la homosexualidad –pues no existe un delito tipificado en torno a su práctica–, tal y como se encuentran establecidas penas para crímenes como el robo o el homicidio; sin embargo, el crimen mayor, como señala Foucault (2009), es ir contra los “instintos naturales”. Ese crimen, es mayor aun que cualquier otro legislado y ampara cualquier injusticia cometida por la autoridad, la ampara y exhorta. La demostración del poder coercitivo, mediante prohibiciones y castigos permitidos, se hizo así evidente en nuestro país.

Para finales del siglo XIX y principios del XX, se inicia el rompimiento del paradigma establecido hacia lo homosexual; dicho cambio estuvo estrechamente relacionado con el desarrollo de las ciencias médico-psiquiátricas, donde se comenzó a estudiar la homosexualidad y se abogó por el cambio de episteme; con ello, el homosexual pasó de ser un delincuente a un enfermo, y en consecuencia, en vez de un castigo, se debía encontrar el modo de curarlo.

Así, en el ámbito nacional se acentuaron las ideas de enfermedad y necesidad de cura en torno a la homosexualidad. Dicha concepción, a mi parecer, permeó perfectamente bien en una cultura sexual dominante, basada en la rigidez de los papeles sexuales, tanto de hombres como de mujeres.

Muestra de dicha concepción generalizada, son los medios impresos de comunicación. Por ejemplo, cuando en 1975 se daba cobertura a la Conferencia del año Internacional de la Mujer, realizada en la ciudad de México —la cual, como lo señala Claudia Hinojosa, se convertiría en el primer foro para la discusión pública del lesbianismo en México—, el periódico Excélsior, en voz de su editorialista Pedro Gringoire, tomó posición: “¿Qué vinieron a hacer y qué “derechos” reclaman las lesbianas? (...) Lo que repugna es que ellas quieran que su padecimiento se considere como un estado normal, su enfermedad como salud, con lo cual no hacen sino probar que su caso clínico ha llegado a verdadera gravedad” (C. Hinojosa, 2002, p.175.)

I.1 De la prisión física a la prisión mental

Las sociedades se encuentran en constante proceso de cambio y evolución, al igual que los sujetos que las integran; por tal motivo, las formas de percepción de aquéllas y éstos se modifican. En este proceso de transformación, los conceptos alrededor de la homosexualidad no se encuentra exentos, y han cambiado: de una expresión del amor más puro (en la época clásica), a un delito (desde el comienzo de la era judeocristiana hasta finales del siglo XVII y principios del XIX); y posteriormente, a una enfermedad (desde finales del siglo XIX y finales del siglo XX).

En los antecedentes introductorios, realizamos un repaso por las dos primeras formas desde las cuales la sociedad percibe la homosexualidad. Ahora, debemos preguntarnos sobre el cambio de episteme detectable hacia finales del siglo XIX y principios del XX. Dicho cambio nos ayudará a entender la posición y el desarrollo de los estudios dentro de la ciencia médico-psiquiátrica, respecto a la, entonces, “nueva enfermedad mental”. Dichos estudios implicaron hipótesis, tratamientos, definiciones y motivaciones, todos temas de este primer capítulo.

Consideramos el siglo XIX como clave en la historia de la humanidad, pues en él se vieron culminadas muchas de las grandes transformaciones científicas y sociales que comenzaron en el siglo XVIII con la Primera Revolución Industrial[2]. El siglo XIX catapultó a las sociedades humanas hacia el mundo moderno, tal y como lo vivimos y lo concebimos en la actualidad.

Durante dicho periodo, la aparente desaparición de la condena judicial a la homosexualidad estuvo relacionada directamente con la consolidación de las instituciones del Estado. Se trata del surgimiento de un poder que se afianza siempre mediante tácticas y funcionamientos activos, dentro de una estructura social que implica una clase dominante. Dicho poder no es manifestado “de facto”, sino mediante la creación de instituciones, tales como la médica —y su representación, los hospitales—, que influyen y determinan el deseo y la sexualidad de las personas.

Este poder, por lo tanto, afecta directamente al sujeto, tiene sus efectos en el cuerpo, el cual se encuentra influido por relaciones de poder y dominación, en dichas relaciones éste sólo se convierte en una fuerza útil, cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido. Por ello el poder es un regulador de los miembros de una sociedad. (Foucault, 2013, p. 97)

Dichas relaciones descienden hondamente en el espesor de la sociedad, gracias al binomio que Michel Foucault nombra “saber-poder”. A través de éste, se realiza la producción de conocimiento, y por ello, poder y saber se implican directamente, no existiendo, por tanto, una relación de poder sin su estrecho vínculo a un campo del saber.

En consecuencia, gracias a los avances presentes en el siglo XIX y a la aparición del binomio “saber-poder”, la medicina comenzó a despuntar como una necesidad social, en especial a finales de siglo. Como en otras áreas, el naciente binomio saber-poder fue auspiciado mediante la intervención del Estado, que alentó la creación de mecanismos que influyeron en el surgimiento de nuevas ciencias, a través de las cuales la relación de dominación se hizo más profunda. Para ejemplificar esto, tomaremos a la ciencia psicológica, la cual estableció una serie de teorías y posicionamientos donde clasifica la sexualidad en base a “perversiones”, además de sujetarla a una normatividad legal dictada de antemano y ajena a la propia psicología.

Evidentemente, concordamos con las ideas de Foucault, quien describe cómo el “poder”, en conjunción con las instituciones —de las cuales se alimenta y fortalece—, crea las estructuras que definen a cada sociedad; es decir, crea las necesidades y formas de pensamiento mediante las cuales el individuo habrá de conducirse, ya sea de forma consciente y voluntaria, o bien de manera inconsciente.

Apoyados en lo anterior, podemos afirmar que el cambio en la percepción social alrededor de la homosexualidad tuvo lugar gracias a la transformación sistemática del binomio poder-conocimiento, impulsado por el “desarrollo” de la ciencia médica y que derivó en el surgimiento de una nueva enfermedad mental.

NOTAS:

[1] Con el término “mujeres” hacemos referencia a hombres travestidos y utilizamos el término de la misma manera que fue utilizado en los medios de comunicación impresos de la época. En la página 51 de esta investigación abordaremos este tema de manera más detallada.

[2] Datamos el inicio de la Primera Revolución Industrial en la segunda mitad del siglo XVIII, y convenimos en que concluye aproximadamente en 1840; se define como una transformación económica, social y tecnológica, experimentada principalmente en Europa Occidental y Estados Unidos de América.

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