• David Meneses

“Liberadas y Jotos rojos": La unión posibilito nuestras libertades


“Liberadas y Jotos rojos": La unión posibilito nuestras libertades

La lucha por los derechos de la diversidad sexual no surgió de la nada. No es nada espontáneo o casual que los homosexuales se levantaran un día, "tomaran los tacones" y salieran a la calle para exigir sus derechos. Fue el resultado de largos e intrincados procesos histórico-sociales, derivados de la opresión, la humillación y la segregación sostenidas por decenas de años. Sin exagerar, el acoso y la violencia alcanzaban grados tales que la extorsión policial se agradecía en ocasiones, ¡era preferible perder algunos pesos a perder la vida!

Se trata de un proceso estrechamente ligado con la lucha feminista y el derecho a la libre expresión de la sexualidad, así como a decidir sobre el propio cuerpo. Y es que los cuerpos permanecen cautivos por un sistema de dominación impuesto y ejercido más allá de todo control palpable, un control ejercido—como lo expresa Foucault mediante su microfísica del poder[1]— para someter y dominar nuestros cuerpos.

Así, mediante el control de la corporalidad, tanto los hombres homosexuales como las mujeres (homosexuales o heterosexuales), se convierten en "minorías" dominadas, sin un libre acceso a la expresión de su sexualidad y deseos, ya sea por incurrir en el "pecado nefando" o simplemente porque se ven obligadas a asumir el papel que la sociedad determina como adecuado para "las buenas mujeres".

Observamos, entonces, la posibilidad de una lucha en conjunto, lucha que Nancy Cárdenas pretende hacer codo con codo:

(...) en los países cultos la lucha feminista y la de los homosexuales por su liberación se dan conjuntamente e incluso en muchas ocasiones optan por un frente aliado. Es claro el porqué: a los homosexuales masculinos se les desprecia en gran parte por una falsa noción, la de que son hombres que quieren ser mujeres. Y si dentro del esquema machista de pensamiento la mujer es inferior y despreciable, aquél que naciendo hombre opta por identificarse con el mundo femenino es doblemente despreciable (Cárdenas, 2013, p. 14- 16).

Nancy Cardenas

Ambos son víctimas del hijo bastardo de la revolución: el machismo (al menos en México). Su lucha no es sino una respuesta a la concepción "cuadrada" de la sexualidad, concepción que Foucault define en su teoría de la represión. En dicha teoría, la sexualidad debe ser utilizada exclusivamente para la procreación; todo acto ajeno a tal fin y que conlleve la libre expresión de deseo y libido, debe ser tachado de contra natura; evidentemente, el mismo sistema tolera y alienta sus debidas excepciones, fuera de ello, toda expresión que no sea llevada a cabo por masculinos heterosexuales debe ser reprimida.

Represión, palabra en extremo útil para entender la necesidad de una lucha por las expresiones sexuales y sus libertades, y que, sin embargo, no opera igual en todas las culturas humanas. Es decir (retomando las ideas de Foucault y Lamas, entre otros), la sexualidad es una invención[2] que la cultura y la sociedad construyen a placer y conveniencia, según las circunstancias históricas de un lugar determinado; la represión sexual no es la misma en dos sociedades con culturas distintas, y aunque las expresiones culturales sean similares, las cadenas serán o pueden ser expresadas y construidas de forma diferente.

Tomando en cuenta lo anterior, podemos entender que la cultura hetero- sexista estigmatice la homosexualidad y que el movimiento gay aparezca—al igual que el movimiento feminista—, como una peligrosa instancia liberadora ante las cadenas culturales que la normalidad ha construido en torno a la sexualidad. Y es que, ciertamente, aún resulta anormal que un ser humano busque dar rienda suelta a su libido con otro de su mismo sexo, como lo es una mujer buscando la libertad de decidir acerca de su propio cuerpo, de adoptar o no el rol reproductor que le dictan y así, asumirse como sexualmente activa y libre, votar y ser votadas, derechos civiles, políticos y sociales.

Justo en este punto de encuentro, hallamos la justificación para hablar del movimiento feminista y sus bases de manera muy general, pues sus pasos han abierto el camino del movimiento gay y funcionado como ejemplo para las primeras acciones de éste. Indudablemente, ambos movimientos están ligados, casi de origen, por la represión a sus cuerpos.

Decimos entonces que son las instancias culturales las que dan significación al género y sustentan su lógica:


(…) llevándonos a percibir la realidad social en clave de género, el feminismo reconstruye la manera en que se simboliza la oposición hombre/mujer a través de articulaciones metafóricas e institucionales, y muestra las formas en que opera la distinción sexual en el orden representacional (Lamas, 2013: 383).

Para romper esta representación generonormativa-binaria, Butler nos propone la deconstrucción del género como proceso de subversión cultural, todo ello partiendo de la idea de una construcción personal además de la construcción social, es decir, entender que además de la asignación genérica que conllevan nuestros cuerpos, nosotros los "innóvanos". Butler habla de elegir el género no como acto voluntarista sino como un acto en el que la persona interpreta las normas de género recibidas de tal forma que "las reproduce y organiza de nuevo". Esta conceptualización sugiere la provocadora idea del género como un elemento para renovar la historia cultural (Lamas, 2013, p. 383).

Esta propuesta de Butler funciona como sustento no sólo para las mujeres y el movimiento feminista, sino también para el movimiento gay en su conjunto, gracias a la insistencia de generar una "estrategia para desnaturalizar los cuerpos y resignificar categorías corporales"; es decir, lograr que el género funcione más allá del marco binario naturalista.

En el caso de las personas homosexuales —víctimas de la violencia simbólica que establece la lógica de género sobre ellos, al plantear de manera exclusiva la normatividad de la heterosexualidad como única opción natural—, son orilladas, incluso por otros homosexuales, no sólo a aceptar la naturalidad de la heterosexualidad, sino a establecer una discriminación entre similares y crear lo que llamaríamos una ―guetificación‖ dentro del gueto. Por tal motivo, el movimiento gay hace un llamado para romper la concepción del orden natural establecido.

―¡Esto no es una enfermedad, solo es otra forma de amar!‖ Con reclamos semejantes, los movimientos gay y feminista se proponen redefinir una nueva legitimidad sexual más allá de la forma "natural", donde las identidades trasciendan y no se encuadren en un discurso binario.

¿Por qué es tan importante romper los discursos binaristas? En primer término, porque sustentan a la sociedad heterosexista, representada por la afirmación de dos sexos únicos, construidos para complementarse el uno al otro, o mejor dicho, para someter el uno al otro.

De la misma manera en que el binarismo sexual sustenta desde la biología el designio exclusivo de dos únicos sexos diseñados para complementarse (dejando de lado toda posible inclusión de la intersexualidad), el llamado binarismo de género construye los conceptos masculino y femenino, generando, a partir de dispositivos de poder y dominación, las características exclusivas que ambos deben desempeñar. Es decir, "lo masculino y lo femenino no son propiedades intrínsecas a las cosas o seres, sino un significado atribuido y que se pretende naturalizar desde la lectura patriarcal, que es la lectura dominante" (Núñez, 2016, p. 62).

Se comprenderá ahora por qué no se puede hablar de homosexualidad sin referirnos al feminismo, tan influyente en la lucha por las libertades sexuales y que propició el cambio ideológico necesario para dejar atrás las concepciones de anormalidad y enfermedad referentes a la homosexualidad.

El movimiento por la diversidad sexual en nuestro país fue posibilitado por el accionar del colectivo feminista, por su lucha a favor del reconocimiento de las libertades sexuales y dejar atrás la idea de que sus cuerpos eran propiedad de los hombres. Dicha proclama, entre muchas otras, posibilitaron una lucha conjunta con los hombres homosexuales para facilitar las libertades sexuales y de los cuerpos.

Para comprender un poco el movimiento feminista y los aspectos que unen la lucha feminista y la liberación sexual debemos entender – aunque sea de manera superficial – el significado de feminismo, el cual posee, intrínsecos en su definición, sus objetivos y la franca disidencia sexual o sexo-genérica.

El feminismo es un elemento que trastorna el control patriarcal, revisa las tradiciones hogareñas, rechaza la idea del cuerpo de las mujeres como territorio de conquista masculina, reivindica la autonomía corporal, se emancipa de la dictadura moralista y da origen a un discurso que obliga a la nueva elocuencia —con todo lo que uno pueda pensar de la escasa presencia del feminismo en México, en tanto a grupos organizados—; lo cierto es que ha cambiado la perspectiva de la sociedad; no se puede eliminar la versión feminista de la mirada social ni de la mirada política, y esto es un avance considerable, que no se registra así, entre otras cosas, por la timidez de las feministas en proclamar sus victorias (Monsiváis, 2013, p. 14).[3]

Para finales de la década de los setentas—época en la cual situamos el inicio de esta lucha conjunta dentro de nuestro país—, Monsiváis señala que el “anti- machismo” se convirtió en una categoría cultural arraigada en los sectores ilustrados de la población, arrinconando las respuestas del sistema patriarcal mediante la diseminación de términos como sexismo. En este campo de cultivo, las “liberadas y los jotos rojos" comenzaron la lucha por el placer.

Esta lucha planteaba diferentes frentes y enarbolaba múltiples banderas, pues se encontraba claramente influenciada por los movimientos de la década de los sesentas (el movimiento hippie, la Revolución Cubana, los movimientos estudiantiles), los cuales dieron al feminismo matices políticos de tendencia izquierdista.

Así, el movimiento feminista mexicano en su segunda ola se delineó claramente en el espacio intelectual universitario; se pronunció contra la discriminación y a favor del libre ejercicio de la sexualidad; cuestionaba fuertemente la estructura social y los estilos de vida impuestos, casi siempre desde una perspectiva disidente: “Los ejes de lucha del movimiento feminista de los setentas estaban circunscritos al cuestionamiento de la dinámica de subordinación en el espacio privado, reivindicaciones del trabajo asalariado y doméstico, lo cual lleva a revisar necesariamente la sexualidad, sus expresiones y formas de relación" (Careaga, 2002, p. 145).

También es necesario señalar que la lucha por los derechos sexuales ha tenido diferentes matices dentro del movimiento feminista, pues muchas veces se quería enfocar la sexualidad desde el campo de la salud, resultando, en ocasiones, demostraciones muy tibias en dichos sentidos.

Por fortuna, dicha "tibieza" no es algo generalizado, pues es posible encontrar aportaciones en extremo contundentes respecto a los temas de la sexualidad; muestra de ello es La Revuelta—considerada la primera publicación feminista en México—, que dedica su quinto número (abril de 1977) a aspectos como el deseo de placer, la sexualidad forzada, la masturbación, la homosexualidad, entre otros.

En medio de esta lucha por lo sexual, adquieren una especial relevancia los movimientos de feministas lesbianas pues, en su gran mayoría, son los que enarbolan la lucha como una bandera de su causa. Incluso, facilitaron roces con diversas organizaciones de mujeres que buscaban la emancipación, pero respetaban las "buenas costumbres", quienes llegaban a pensar que asociarse con las lesbianas, podría afectar severamente la lucha por la obtención de sus derechos.

Observamos entonces que, de una u otra manera, los esfuerzos por reivindicar los derechos sexuales se planteaban la libertad sobre los cuerpos cautivos. Dicho anhelo de libertad se vio alentado por un hecho histórico trascendental en la historia de la psiquiatría: en 1973, la Asociación Estadounidense de Psiquiatría decidió remover la homosexualidad del ―Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales‖ (DSM por sus siglas en inglés).

La remoción institucional ayudó —de manera tácita— al despliegue de armas útiles para el movimiento de la diversidad sexual. Primero, en julio de 1975, dentro del marco de la Conferencia del año Internacional de la Mujer realizada en la Ciudad de México, varias de las participantes —extranjeras en su totalidad— exigieron el derecho de las mujeres a ser lesbianas.

Ante dichos reclamos, la prensa mexicana se dio un botín, argumentando que "la moral y las buenas costumbres nacionales" se mantenían intachables ante semejante embate de ideas extranjeras, claramente desestabilizadoras para nuestra sociedad. Inicialmente, el silencio de las lesbianas mexicanas fue notable, o al menos eso pareció hasta que se hizo pública la "Declaración de las lesbianas de México", dirigida a los organizadores del evento, donde se señalaba lo siguiente:

Es difícil, lo sabemos, despertar la consciencia de nuestras hermanas oprimidas por sus propios conceptos de autodenigración, pero ése es el primer paso ineludible (...) La constante acción policiaca, anticonstitucional pero grata a los ojos de una sociedad machista, vuelve casi imposible la acción abierta organizada (...) Confiamos en que las tácticas de lucha de nuestras hermanas y hermanos homosexuales de otras partes del mundo nos ayuden a encontrar nuestro propio camino (C. Hinojosa, 2002, p. 176).

Este tipo de expresiones son una muestra clara del nacimiento de una lucha conjunta, la cual facilitó el primer paso del camino: la visibilización. Como parte de este proceso de exposición al escrutinio público, se publicó en agosto de 1975 (en el suplemento La Cultura en México de la revista Siempre) el Primer Manifiesto en Defensa de los Homosexuales: Contra la práctica del ciudadano como botín policíaco:

(...) varias de las policías metropolitanas se han especializado en verdaderas batidas indiscriminadas en las cuales se lesionan con brutalidad los más elementales derechos ciudadanos. Los pretextos frecuentes: disidencia política o disidencia sexual; por "subversivos" o por homosexuales(...) La complacencia con la que las autoridades aceptan las conductas de sus subordinados (cuando no participan directamente en estas

numerosas infracciones al orden legal), ha mantenido un peligroso clima de inestabilidad que necesariamente afecta el ejercicio de las libertades ciudadanas(...) En México, la homosexualidad no constituye un delito cuando se da en privado y entre adultos consensuales(...) La represión policiaca produce un mal aún mayor en el seno de la sociedad: incrementa la inseguridad ciudadana, alienta la paranoia anticomunista, o, en un caso no infrecuente, la homofobia (...) Este círculo vicioso debilita cada vez más los derechos, garantías y libertades consagrados en la Constitución General de la República para defensa de los individuos. Por eso se puede afirmar que quienes justifican tales procedimientos policiacos, cuando no se afecta directamente a sus intereses, abre también la represión a otros grupos vulnerables (...) En las circunstancias actuales, siempre serán minoritarios y perseguidos.

La visibilización como arma de lucha no fue una idea que surgiera de manera repentina; más bien, es el resultado de una organización a puertas cerradas, la cual llevó años y se realizó gracias a grupos creados para la defensa de los derechos homosexuales en nuestro país, quienes, a principios de los setentas, iniciaron un camino que culminó con las luchas conjuntas libradas a finales de la misma década. Es decir, tan importante fue la organización a puerta cerrada, que culminó con la aparición pública masiva, consolidando así la primera etapa de lucha por los derechos de la diversidad sexual.

Pero la idea de la integración en la lucha de gays y lesbianas duró poco, aproximadamente dos años, pues no bastaron las buenas intenciones expresadas en un primer momento por Nancy Cárdenas y otros activistas. La lucha se separó en dos frentes a partir de algunos altercados sufridos durante una excursión a Xochicalco. Peralta lo narra de la siguiente manera:

Desde que iban en el autobús, Tina Galindo y algunas otras lesbianas hostigaban a los homosexuales con el "ay, sí, tú" por amanerados, sí, por jotitos, contra ellas tan machas, tan atrabancadas, tan más hombres que los hombres... La Pepa, José María Covarrubias, fue el punto de quiebre...Intentaron ensañarse con él porque era tartamudo:

—Ya cállate, Tartas.

-—A ver, Tartas, habla rápido...

Así todo el camino, José María Covarrubias no era un santo pero aguantó todo el camino hasta llegar a Xochicalco... Fue de repente. Un zafarrancho por allá, gritos y la noticia en boca de Nancy Cárdenas:

—Le di una lección a José María por majadero

La "lección" fue una cachetada porque José María, después de aguantar a cada rato el apodo de Tartas —que le puso Carlos Monsiváis—, por toda respuesta dijo:

—¡Pinche lesbiana!

...aquel cachete cambió el rumbo cómplice de lesbianas y homosexuales en el movimiento (Peralta, 2016, p. 61-62).

Así, gays y lesbianas enfocaron sus luchas desde diferentes frentes y espacios. En el caso del movimiento lésbico, se acogió de manera más fraterna al feminismo y crearon organizaciones exclusivas de mujeres—como OIKABETH (1978).

Es necesario destacar que lo anteriormente narrado no fue la única causa que separo a los movimientos, sin embargo si puede ser considerado un punto de quiebre.


Bibliografía

Bartra, Eli. (2013). “La organización de las mujeres” en Gargallo, Francesca (Coord.). Antología del pensamiento feminista nuestroamericano. Tomo II Movimiento de liberación de las mujeres. Venezuela: Biblioteca Ayacucho. P. 17-19.

Cárdenas, Nancy. (2013). “De la conciencia feminista como incómodo tesoro” en Gargallo, Francesca (Coord.). Antología del pensamiento feminista nuestroamericano. Tomo II Movimiento de liberación de las mujeres. Venezuela: Biblioteca Ayacucho. P.14-16.

Careaga, Gloria. (2002). “La lucha por el placer, crónica del movimiento que continúa” en Griselda Gutiérrez (Comp.), Feminismo en México. Revisión histórico-crítica del siglo que termina. México: PUEG.

Foucault, Michel. (2009).Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. México: Siglo XXI Editores.

Hinojosa, Claudia. (2002). “Gritos y susurros: una historia sobre la presencia pública de las feministas lesbianas” en Griselda Gutiérrez (Comp.), Feminismo en México. Revisión histórico-crítica del siglo que termina. México: PUEG.

Lamas, Marta. (2013). “Cuerpo: diferencia sexual y género” en Gargallo, Francesca (Coord.). Antología del pensamiento feminista nuestroamericano. Tomo II Movimiento de liberación de las mujeres. Venezuela: Biblioteca Ayacucho. P. 368-395.

Monsiváis, Carlos. (2013). Misógino Feminista. México: Océano-Debate Feminista.

Núñez Noriega, Guillermo. (2016). ¿Qué es la diversidad sexual? México: CIAD/UNAM/PUEG/Ariel.

Peralta, Braulio. (2016). El Clóset de Cristal. México: Ediciones B.

[1] Foucault hace mención a la "microfísica del poder" dentro de su obra Vigilar y Castigar. Nacimiento de la Prisión.

[2] Entendiendo la palabra “invención” como una forma de reprimir la expresión natural de nuestros cuerpos, atándola con las cadenas sociales y culturales de un momento histórico determinado.

[3] No es la intención de quien escribe estas líneas molestar a nadie proporcionando una definición de feminismo proveniente de un intelectual “hombre”, sin embargo si considero que la definición que Monsiváis nos proporciona es basta y digna de análisis.

#NancyCardenas #feminismo #homosexualidad #igualdad

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