• David Meneses

Noche que ilumina


Cuando quieras tú, divertirte más Y bailar sin fin Yo sé de un lugar Que te llevaré (vamos al Noa) y disfrutarás (vamos al Noa) De una noche que nunca olvidarás.

Juan Gabriel

Amigxs de QPerra, esta semana les tenemos la primera entrega de una serie de dos escritos, donde hablaremos sobre los espacios de la vida gay en las décadas de los cuarentas y cincuentas, espacios de la vida nocturna y los espacios de la carne, es decir, los espacios de encuentro.

La noche se convierte en un aliado inequívoco del ambiente, un manto protector que permite dar rienda suelta a los placeres de la carne, a los placeres forajidos y a la erotización de los cuerpos escondidos.

Durante los últimos años de la década de los cuarenta y el comienzo de los cincuenta, aparecieron en la ciudad de México los primeros bares y centros nocturnos, de entretenimiento, donde los hombres que van y vienen conocen –o se conocen– porque todos viven en el secreto. “El primer escenario de esta vida nocturna y secreta es la cantina, el teatro no tanto de la doble moral como de la moral esquizofrénica o si se quiere de una moral ultrabarroca, llena de resquicios, turbia, a la vez gozosa y culpígena”.[1]

Encontramos una vida homosexual latente, de muchas maneras, dentro de las cantinas; ésta se convirtió en el espacio indicado para desahogar el placer culposo, todo cobijado dentro de la permisiva masculinidad auspiciada y alentada por el alcohol: “¡Compadre, esto queda entre nosotros!”

Pero el escenario de la cantina no era el único espacio de confluencia en la noche homosexual. Monsiváis señala que, para el año de 1949, ya existía un lugar llamado “El Madreselva”, en el cual los asistentes jugaban con las miradas y, bajo las mesas, se entrelazaban las manos y se rozaban los dedos. Todo movimiento realizado, siempre de manera temerosa, ante la posibilidad de la redada. Así pues, se tenía que llevar dinero extra y prescindir de artículos que pudieran "resultar extraviados".

En el año de 1951 se inauguró Los Eloínes, un bar donde los gays de la “buena sociedad” se codeaban con los “peladillos”, en pos de saciar la carne –es la regla del ligue– todas las carnes son iguales pero no para los iguales.

El escenario de Los Eloínes nos arroja una anécdota que trasciende el tiempo y el espacio convirtiéndose en leyenda urbana:

La entrada al bar de un profesor de literatura, alto y robusto, de voz potente, ansioso de pleito. Se acomoda en el mostrador y grita: "Vine a ver si aquí hay un hombre". Nadie responde y todos siguen hablando sin darse por notificados. insiste: "Vine a buscar a un hombre. ¿No hay ninguno?". El barman le pide que se largue, y don Pancho, el profesor, reitera: "Por última vez, ¿qué no hay aquí un hombre?". Un joven se le acerca y comenta en voz baja: "No, aquí no hay ningún hombre, y la que se va a la chingada para ver si allí lo encuentra, eres tú, pendeja". Un golpe seco "que retumba" asegura un testigo, el profesor cae fulminado y lo sacan de Los Eloínes como un fardo.[2]

Los lugares de “ambiente” no dejaron de popularizarse y esto contribuyó a su propagación en toda la Ciudad de México. Monsiváis develó una lista de bares de “ambiente” existentes en la década de los cincuenta. Entre ellos incluye a Las Adelas, situado a un costado de la Plaza Garibaldi. Es un lugar frecuentado por travestis y gays –en pos de la aventura–, turistas y heterosexuales borrachos –quizá también buscando una aventura. El cronista nos narra cómo ésta peculiar clientela sale a las 7 de la mañana y se encuentra, afuera del mismo lugar, a las señoras formadas con sus botes, a las 7 de la mañana: Las Adelas, a ésa hora, se transformaba en lechería (¿no lo era ya de noche?).

También surgen L´Etui en avenida Chapultepec y Florencia, El Eco en Sullivan, El Tenampa, igualmente dentro de la Plaza Garibaldi, y una gran variedad de lugares que aumentaron desmedidamente, todo ello, bajo la doble mirada de las “buenas costumbres” del mexicano. "De un modo imposible de precisar, la sociedad y la opinión pública aceptan distraídamente la existencia de los gays, no sin burlas o desprecios y la inevitable deshumanización".[3]

Continuará…

[1] Bautista, Juan Carlos. "La noche al margen. Brevísima relación de la vida nocturna gay" en México se escribe con J. Schuessler, Michael K. Miguel Capistrán coors. México. Planeta. 2010. P. 219

[2] Monsiváis, Carlos. Que se abra esa puerta. Crónicas y ensayos sobre la diversidad sexual. Paidós-Debate Feminista. México. 2010. P. 125.

[3] Ibidem. P.126.

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